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Líneas de Horizonte
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"Las Rosas"

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"Tarde o temprano, sé que las cosas cambiarán, que luchar no es en vano, hay tantos sueños que rescatar. De qué sirve la vida si uno no intenta ser feliz? Tarde o temprano las manos se unirán para la paz."
Banana Pueyrredón.

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» Escrito por Eduardo Saldivia.

» Nedstat Basic - Web site statistics.Publicado desde el 20 de Julio 2003.
» Leído en Argentina, España, México, USA y Chile.
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        » Índice:

»
Las Rosas
» La historia de un muchacho que viaja lejos
» buscando la oportunidad de empezar una nueva vida.
 
        ...  
        Las Rosas  
       
Cuando el micro entró en el pueblo, a Tomás se le iluminaron los ojos de esperanza. La esperanza de empezar a vivir todo aquello que siempre soñó. La terminal de Las Rosas es pequeña, apenas una decena de andariveles para que los vehículos suban y dejen a los pasajeros. Tomás retiro su mochila de la bodega del micro, la puso en sus hombros y empezó a caminar. Al otro lado de la calle de la terminal están las orillas del río, camino hasta allí, se detuvo de cara al sol y sintió como la brisa fresca movida por las aguas le daba la bienvenida acariciándole las mejillas.

Pregunto a un pescador si conocía algún lugar donde hospedarse y este le sugirió el club náutico, en el extremo oeste del bulevar que acompaña las orillas del río. Al llegar al club, repaso el dinero que su abuela le había dado para el viaje y pidió una modesta habitación para quedarse allí hasta que encontrara un lugar fijo. En el cuarto desarmó su mochila distrayéndose a cada rato con el paisaje que se veía desde la ventana. Por primera vez, la intriga de no saber cómo iban a salir las cosas no le molestaba.

Los años en el seminario habían hecho de Tomás una persona con mucha vida interior y su primer visita en el pueblo fue a la iglesia. Era pequeña, construida hacia un siglo por los inmigrantes alemanes de la zona. Se acercó al párroco, le pregunto su nombre y a que hora celebraba misa, el padre Santiago lo atendió cortésmente y se sorprendió cuando Tomás se despidió diciéndole que pronto se volverían a ver. Es habitual ver gente nueva que se acercan a la Iglesia, pero siempre suelen ser turistas y ninguno promete volver pronto. El joven se sentó, hizo unas oraciones y siguió su camino.

Se acercó al locutorio del pueblo. Pidió una cabina para hablar con su abuela, le contó de su llegada, del sol radiante, de las cumbres nevadas en pleno verano que se veían desde Las Rosas y se despidió con un afectuoso saludo. En el mostrador del local, pagó la llamada de larga distancia y antes de irse le preguntó a la chica que atendía si sabía donde podía buscar empleo y ella no le supo contestar.

Tomás empezó a caminar por la calle, ya estaba terminando la tarde. Mientras miraba como las rutas zigzagueaban las laderas alrededor del pueblo, llegó a una inmobiliaria en la que, según un cartel, buscaban un empleado. Allí lo recibió Magdalena, una señora que le contó de qué se trataba. La inmobiliaria trabajaba con muchas cabañas en las afueras del pueblo, algunas en venta y otras en alquiler, y era necesario llevar a los interesados hasta allá o, muchas veces, ir periódicamente a ver como se encuentran las casas que en la temporada están vacías. Para llevar a los interesados estaba disponible la camioneta de la inmobiliaria, la dueña tenia su propio auto y se encargaría de las viviendas que estaban en el pueblo, además lógicamente de la parte administrativa, en la que cuenta con la ayuda su hija.

El trabajo empezaba "mañana mismo" y él no tenía nada que perder, cada casa tenía su ficha con las cualidades y costos. Además, él cumplía con los dos únicos requisitos: saber conducir y vivir en Las Rosas, aunque hacía desde apenas unas pocas horas. Tomás no se había dado cuenta que también cumplía con un requisito muy importante para Magdalena, tener una presencia aceptable y corrección al hablar. Luego de llenar algunos formularios para el empleo, vio entrar en la inmobiliaria a la chica del locutorio. Ella lo miró desconfiada y saludo a la señora...

- Hola mamá.
- Hola hija. Te presento a Tomás, me va a ayudar con las cabañas en los cerros.

Se saludaron y los tres salieron a la vereda, ya era hora de cerrar el local.

- Ves? Esa es la camioneta que te decía - dijo la señora señalando una Ford blanca y luego entró a cerrar.
- Te acordas de mí? Estuve en el locutorio hace un par de horas - dijo Tomás a la chica.
- Si, que buscabas empleo.
- Bueno, parece que lo encontré - dijo sonriente.

Mientras tanto Magdalena apagaba algunas luces adentro y prendía algunas de afuera.

- Yo también trabajo acá por las mañanas y a la tarde atiendo el locutorio.
- Trabajas mucho.
- Es mi manera de ayudar a mi familia, el locutorio era de mi papá que murió hace dos años.
- Uy, lo siento mucho.
- Ahora es de mi hermano, Juan. Yo lo ayudo.
- Cuál es tu nombre?
- María.
- Mucho gusto María.

Esa noche en el club náutico la ansiedad alejaba el sueño de Tomás. Después de cenar algo, subió a su cuarto. Ahora lo que le llamaba la atención era la cantidad de estrellas que se veían por la ventana, eran muchas mas que en la casa de la abuela y hasta se podían ver estrellas fugaces, como un premio a haber salido de la ciudad. Abrazo su almohada, recordó a su madre y se durmió.

El primer día fue intenso. Para empezar la señora los envío a él y a un carpintero en la Ford al cerro Rojo. La idea era que llegaran a una casa donde el buen hombre debía hacer unas reparaciones y mientras tanto Tomás fuera a ver dos casas de la inmobiliaria por ahí cerca para conocerlas, ya que las casas del cerro rojo eran las más populares y seguramente a donde más posibles clientes tendría que llevar el chico.

Claro que él no conocía nada de los caminos de la zona, solo había descubierto que eran muy zigzagueantes, pero pensó que eso no iba a ser problema porque el carpintero lo guiaría. No se equivocaba, pero el problema lo tuvo cuando se quedo solo al volante. Se perdió fácilmente y terminó pasando a buscar al señor para volver al pueblo, una hora después de lo acordado. Al llegar de regreso a la inmobiliaria, Magdalena lo exhortó y le dijo que debería haber llevado un mapa si no conocía los caminos.

María estaba terminando su mañana en la inmobiliaria y se acerco al cabizbajo Tomás...

- Escuche que te perdiste. De qué parte sos? - Le dijo ella.
- Soy de Playa Piedras.
- Es una bonita ciudad, pero estas lejos de tu casa.
- Si, son 600 Km - afirmó él.
- Vamos a almorzar y me contas, sí?

Después del mediodía Magdalena se fue a comer a su casa, volvería antes de las tres, hora en la que Tomás debía estar de vuelta para seguir trabajando.

Él y María fueron a un buffet en la esquina del locutorio, ella siempre iba a ese lugar. Pidieron su comida y se sentaron...

- Conoces Playa Piedras? - Preguntó Tomás.
- Si, fui cuando era chica. Es una ciudad enorme - Le contestó.
- Siempre viviste en Las Rosas?
- Si, mi mamá es Lago Seco, se recibió allá y vino a trabajar acá, donde conoció a mi papá y se casaron. Siempre viví acá.
- Y estudias?
- Sí, computación. Uso computadoras en mis dos trabajos.
- Yo fui al seminario, pero el año pasado lo dejé.
- Ibas a ser cura? - Preguntó sorprendida.
- Si, pero no es un fracaso haberlo dejado, me permitió ver otras cosas.
- Seguro, uno siempre aprende.
- Dejame que te pregunte, de qué murió tu papá?
- De un infarto. Así de repente, fue un quiebre para nosotros - dijo María.
- Pero salieron adelante, él los ayuda desde donde esta ahora.

Y a la chica le empezaron a brillar de lagrimas los ojos.

- No llores, vos pareces fuerte y lo vas a superar.
- Trato de aparentarlo, pero es difícil. Hago lo de todos los días, qué sé yo.
- Es lo mejor que podes hacer, sanas ese quiebre.
- Y tu familia?
- Tengo a mi abuela en Playa Piedras. Mis padres no están conmigo.
- Murieron.
- De alguna manera sí.
- Te peleaste con ellos?
- No. Ellos se pelearon con la vida y yo apuesto a ella, por eso vine acá.
- Qué les pasó?
- Mi mamá era una chica de 20 años cuando la violó un delincuente... al poco tiempo nací yo... Mi padre, si lo puedo llamar así, nunca fue identificado y mi mamá decidió pelearla por mí. Para eso estaba mi abuelo que le daba sus fuerzas... Hace ocho años mi abuelo murió y al poco tiempo ella, sin su aliento, decidió suicidarse... Yo quede con mi abuela, una santa. Me acerque a la Iglesia, encontré ahí una contención a mi alma. Me aferré a eso y decidí entrar al seminario... El año pasado lo dejé y acá estoy...
- Me dejas sin palabras.
- Es mi historia, no es para asustarse.
- Y porque dejaste el seminario?

Tomás al miró a los ojos comprobando que estaba contándoselo a la persona que siempre había querido contárselo.

-Me di cuenta que yo como sacerdote nunca iba a vivir el amor entre dos personas, algo que mi mamá tampoco pudo conocer. Entré en un dilema entre Dios y el mundo. Cuál elegir?... Pero Dios bendice al amor humano, y decidí empezar de nuevo... En un lugar donde siempre hubiese querido vivir, donde los vecinos no me señalaran, donde la gente de la parroquia no me mirara de reojo si participaba en misa como uno más... Mi abuelo guardaba una postal de Las Rosas, me gusto mucho cuando la encontré en una caja de sus recuerdos y quise venir... aunque no conocía a nadie.

Ella lo escuchaba atentamente, tal vez nunca se había sentido tan atraída por un relato.

- Mi abuela me entendió, nunca cuestionó mis decisiones... llegue sin nada y en un par de días conseguí lo inimaginable... Un dormitorio austero con la vista más hermosa en sus ventanas, un trabajo y una amiga que me escucha dándole sus lagrimas a mis dolores.

En ese instante supieron que eran el uno para el otro, que el destino que estaba escrito desde la eternidad, se estaba cumpliendo.

El tiempo pasó y era hora de que cada uno siguiera con su trabajo, así María se fue al locutorio de su hermano Juan y Tomás volvió a la inmobiliaria.

Esa noche en el club el chico no podía dormir. Lo invadia la alegría de haber empezado a vivir el sueño que siempre soñó, de estar conociendo a la jóven mujer que siempre quiso conocer. Todo gracias a haber creído que todo aquello era posible, que lo que queremos se puede hacer realidad cuando tenemos fé, esperanza y amor. Sabía que sus seres queridos lo estaban apoyando, los que aún estaban vivos, como la abuela, y los que no también. Recordó sonriente a su madre.

Finalmente se durmió en aquel cuarto del club náutico donde las estrellas entraban por la ventana con su luz titilante.

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(C)
Eduardo Saldivia. 13 de diciembre 2003.